Después de tanto imaginar… ya soy madre

Ruido, mucho jaleo, gente que me dice lo que tengo que hacer y que todo ha salido bien. Pero yo apenas puedo verte la cara. Quiero verte y estoy nerviosa. No puedo sacar los brazos de debajo de la sábana y desde donde estoy solo atino a disfrutar de tu nariz. Así, como de perfil. “No es muy grande”, pienso. No lloras. Estás tranquilo, ajustándote a mí. Y asumo que yo a ti. Tanto imaginar cómo serías y ya estás aquí.

De repente, alguien considera que ya es suficiente y eso que en mi mente tan solo han sido segundos. Unos segundos en los que compruebo lo feliz que me hace eso de que todo haya “salido bien”. Te alejan unos metros de mí, alguien dice unos números en voz alta para saber lo que has pesado y entonces llega el momento. Así, de repente. Te veo y me doy cuenta de que eres real.

Tienes los ojos abiertos. Grandes. Muy grandes. Tanto como tus pestañas. Tu boca es tan pequeña, tan perfecta, que parece que te la han pintado a última hora casi sin tiempo. Y sí, confirmo que tu nariz ha corrido la misma (maravillosa) suerte. Tu padre te abraza, se balancea, y tú, tranquilo, disfrutas del momento. Tú y yo sabemos que esos brazos, y la intensidad de sus abrazos, nos ayudarán siempre a sentirnos mejor.

Atrás han quedado las horas de dolor, pero un dolor que nunca imaginé que sería así. Tremendo. Me comí mis propias palabras: “Yo soy fuerte, aguantaré bastante”. Lo repetí de forma constante durante nueve meses, como un mantra, y al final nada más lejos… Pero ya da igual. Ya estás con nosotros, y nada importan los gritos (y hasta los insultos) que he soltado durante todo lo que ha durado este parto.

Me echo a llorar y ya no hay marcha atrás. Nadie entiende nada. Ni tu padre, al que mis lágrimas han sacado de su burbuja mientras disfrutaba también de los primeros segundos a tu lado. “Mira los ojos. Los tiene abiertos”. Ahora que lo pienso, no es una frase muy prometedora, pero al menos sirve para tranquilizar a quienes no entienden mi reacción al darme cuenta de que nuestra felicidad, como padre y como madre, no ha hecho más que comenzar. Tu padre sonríe. Yo sonrío. Vuelves conmigo para ya no separarnos jamás. Ya estás en mis brazos. Después de tanto imaginar… Ya soy madre.

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