Creciendo dentro de mí

“He caminado demasiado hoy”, me quejo. Estamos de viaje, una escapada que estaba planeada desde mucho antes de saber que estaba embarazada. Hemos decidido seguir adelante con ella, siempre con el visto bueno del médico. ¡Cómo no! Viva el control. Pero ahora, a miles de kilómetros de casa, me arrepiento. Son 19 semanas, casi cinco meses de gestación, y no puedo permitirme demasiados esfuerzos. Y no puedo por mi bebé, por su seguridad. Pero no me engaño, no puedo sobre todo porque el cuerpo ya no me ayuda. Estoy empezando a estar realmente pesada. Los pies hinchados y la espalda dolorida no me dejan conciliar el sueño. Voy a reventar.

Nada. No hay forma. Estoy acostada en la cama, boca arriba. Ya empieza a molestar la barriga para dormir y no hay una postura que me resulte cómoda. “En casa estaría mejor, con todos mis cojines”, vuelvo a quejarme. Que nadie me juzgue. Quejarse es gratis, qué menos. Tengo un gremlin creciendo dentro de mí que me está robando toda la energía que tengo. Me retroalimento en mi malestar. “¡Ya no puedo más!”.

Me levanto, visita al baño -cada vez más veces, ¡así cómo voy a dormir!-. Parada en la cocina para tomar un vaso de agua. En realidad quiero comer chocolate. Estoy enfadada: “¿Por qué no compré en el 24 horas ese que vimos?”. De nuevo a la cama. No se para qué, no voy a dormir, pero de pie no me voy a quedar. Es que ni para ver la tele, que aquí ni hay. ¡Qué desastre! Quiero estar en mi casa. Lo intento de lado, quizás así estaré más cómoda. Suerte. No cojo el móvil, no vaya a ser que me desvele (ilusa, ya estás desvelada). “¿Por qué hace tanto calor? Como esto sea así siempre ni de broma lo aguanto”, y punto. Tengo ganas de llorar.

De nuevo boca arriba, con la mano sobre la enorme panza que ya asoma y que no hay forma de disimular, justo en el momento en el que estoy a punto de estallar, un pequeño golpecito, desde dentro, me hace incorporarme de golpe. “¡¿Hola?! ¡No puede ser!”, casi grito alucinando. Me vuelvo a acostar. “¿Ha sido de verdad?”. Y como por arte de magia, en un intento seguro por tranquilizarme, se vuelve a estirar dentro de mí y repite su patadita para hacerse notar.

Como loca despierto al padre, que ya le vale. Me da tiempo a pensar incluso que llevo dos horas intentando dormir y me lo estoy comiendo solita. No entiende nada de lo que atino a verbalizar porque ni yo misma me entiendo, menos él, que tenía el sueño cogido. Y así, en medio de una crisis que en ese mismo momento deja de tener sentido, soy consciente de que he notado por primera vez a mi bebé. Con los años me he convencido de que, con su empatía ahora como niño grande, se percató de que necesitaba hacerse notar para que yo me pudiera tranquilizar.

El padre no lo notó esa noche y pasarían muchos días hasta que por fin te moviste lo suficiente como para que él lo sintiera. Tenía que crecer un poco más. Me costó mucho conciliar el sueño esa noche (y muchas de las que vinieron después) pero la paz que me transmitió me valió para confirmar que lo bueno solo estaba comenzando. Me di cuenta, al sentirlo, de que era real. Ahí estaba, creciendo dentro de mí.

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