Al llegar a casa

Tras dar a luz ya eres madre. Parece una obviedad -y lo es-, pero es que la palabra impone. En mi caso, sentí que me quedaba grande y hasta que poco a poco no fui confirmando lo que implicaba en todos los sentidos no fui capaz de asumirlo. Ahora se me llena la boca al decirlo. Me siento orgullosa de haber imaginado una familia y recuerdo que esos primeros días fueron felices pero sobre todo de adaptación.

Ese orgullo que sientes desde el minuto uno tardó en salir a flote por la gran responsabilidad que sentí. Todo pasa muy rápido y sin casi darte cuenta estás entrando por la puerta de tu casa después de dejar el hospital y te sientes sola y hasta diría que desubicada y desamparada, por mucho que tengas apoyo de tu pareja o vayas acompañada por la abuela o la tía.

Si todo va bien, tras dar a luz, en uno o dos días estarás en casa o en cinco o una semana como mucho si el parto se complica o si finalmente te realizan una cesárea. En el tiempo que yo estuve hospitalizada vi a algunas madres irse sin su bebé porque este requería una atención más prolongada y no podían marcharse a casa. Es duro ver cómo tienes que irte, porque te han dado el alta, y tu hijo se tiene que quedar. Sabes que es por su bien, porque necesita unos cuidados que tu no puedes proporcionarle, pero no es lo que te habías imaginado y duele.

Si todo marcha según lo previsto y no hay complicaciones, no queda otra que enfrentarse a la realidad y asumir que ahora ni las enfermeras te ayudarán cada minuto ni habrá varias personas pendientes de ti en todo momento para solucionar tus dudas o para asesorarte en cada situación. Y sí, estarás sola, pero también querrás estarlo. Disfrutar del silencio mientras tu bebé duerme y mirarlo sin estrés detenidamente es algo maravilloso.

Intenta capturar cada instante en tu retina porque los días pasarán. Las semanas vuelan y cuando menos te lo esperas está ya caminando y hablando. Cuando te dicen cuando estás embarazada que el tiempo pasa muy rápido y que aproveches cada segundo no te llegas a hacer una idea de la razón que tienen, de lo rápido que pasa todo realmente.

Salvo que tu pareja o la abuela hayan cambiado algo, en casa estará todo como lo dejaste. Podrás comprobar como cada paso que das sirve para mover las cosas de sitio, para acomodarlas a las necesidades actuales, las tuyas y las del bebé.

Igual que los pañales pasarán de la estantería al armario o a colocarse debajo del cambiador o tirados sobre la mesa del comedor para tener uno siempre a mano, te darás cuenta de que el mejor sitio donde ubicar la crema para el cambio de pañal es cualquier sitio donde puedas alcanzarla de forma cómoda o también cómo la almohada de lactancia se convierte en una prolongación de tu cuerpo. Hasta que estén acomodados los dos todo será ensayo y error. Y puede que esa sensación de improvisar se prolongue para siempre. Jamás volverás a estar sola, realmente sola. Si duermen, si sales a comprar, si regresas al trabajo… tus hijos siempre estarán en tu pensamiento.

Poco a poco te vas dando cuenta de que nada es como lo habías imaginado. Todo será mucho más intenso a como pensabas que sería. Y eso vale para lo positivo y para lo negativo. La desesperación porque no coma o la angustia por un llanto que no cesa se convierten en situaciones que en otro contexto sabrías gestionar y sobrellevar de una forma racional. Y ahora no siempre podrás.

Pero su primera sonrisa o incluso un eructo que no salía lo vivirás con tanta alegría que llegarás incluso a sorprenderte. Todo parecerá presentarse cuesta arriba y puede que no pienses con claridad en algunas situaciones: hormonas y cansancio, no te exigas más.

No hay consejos que valgan para estas primeras jornadas donde todo es adaptación y lo normal es que nada salga bien o al menos conforme según lo planeaste. Lo mejor, aunque parezca que todo se tuerce, es dejarte llevar por tu instinto. No hagas mucho caso a las abuelas o a las amigas que ya son madres, escuha los consejos pero toma tú el control de la situación. Puede que acierten y que sus ideas funcionen con tu hijo pero creer saberlo todo no siempre funciona. En mi caso, de un embarazo a otro, cambiaron algunos aspectos de la alimentación pero también la postura recomendaba para acostarlo en la cuna. Imagina las diferencias que puede haber entre lo que le indicaron o hizo tu abuela hace décadas, cuando daban a los bebés agua de anís para evitar los cólicos o se creía que el azúcar ayudaba a que el hipo desapareciera.

Lo más razonable es hacerle caso a su pediatra y no dudar en acudir al médico siempre que lo consideremos necesario. El instinto no falla y si algo te dice “házlo”, al menos estarás más tranquila después de que un especialista te diga que no ocurre nada fuera de lo normal. Poco a poco conocerás a tu bebé, sus maneras de llorar en función de lo que estén reclamando o necesiten en cada momento. Esas visitas al centro de salud se reducirán de forma considerable. Nadie nace aprendido y en esto de ser madre no iba a ser diferente.

Hormonas y cansancio: culpables

Durante esos primeros días -y puede que se alargue indefinidamente- puede que no duermas, al menos lo suficiente como para estar alerta de todo lo que ocurre. Se te escaparán cosas, estarás más lenta de lo normal y hasta perderás la noción del tiempo. Lo dicho, échale la culpa al cansancio y a las hormonas. Pero no serán imaginaciones tuyas porque realmente todo depende de no dormir, de todos los cambios a los que estás teniendo que enfrentarte, de tener que dedicarte por completo a tu bebé, de prestarle toda la atención del mundo incluso descuidando en cierta forma tu bienestar.

No desesperes. Será duro, sin duda, pero pasará y cuando eso ocurra lo evocarás hasta con cariño porque en realidad de esos primeros días recordarás el cansancio pero sobre todo las primeras sensaciones con este nuevo amor que te ha robado para siempre el corazón y también la mayor parte de tu energía.

Además, si te decides a tener un segundo bebé, la cosa no mejora, porque a las horas de no dormir se une la dedicación que le tienes que dar a tu primer hijo. Lo mejor, en cualquier caso, es descansar cuando el bebé duerma, siempre que puedas, porque eso repercutirá en que el tiempo que estés activa lo estés de verdad y no como una zombi que pasea por las habitaciones sin recordar para qué.

Si te preocupa que la casa esté limpia por el que dirán tenlo claro: que se encargue otro. Si no existe un otro que pueda asumir esas tareas, que lo haga la tía de la criatura, la madrina o el abuelo. Aprovéchate de la comida que te manda la suegra. Tu gente querrá coger en brazos a tu bebé, pero también echarte una mano sin duda.

Durante los primeros días toda cooperación es bien recibida, siempre que se trate de una ayuda eficiente (las visitas no siempre te agradarán, pero de eso ya hablaremos en otro momento). Si no tienes en quien delegar, la casa, sucia o no, seguirá estando ahí en cuanto puedas hacerte cargo de ella. Y llegará un punto en el que te harás con las riendas de la situación y podrás ponerlo todo en orden. Disfrútalo y vívelo. El bebé y tú son prioritarios al llegar a casa.

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