Una pareja perfecta

No han pasado ni 24 horas desde que mi hija nació y ya nos han dado el alta a las dos. Se lo rogué a todos los que nos vinieron a visitar a la habitación. Mi otro hijo está en casa y entre una cosa y otra hace casi dos días que no lo veo. Sé que no es tanto, pero a mí me parece ya una eternidad. Su hermana ha llegado, él lo sabe y deseo con todas mis fuerzas abrazarlo y explicarle que todo ha salido bien, lo mucho que lo he echado de menos y lo orgullosa que estoy de él. Hemos hablado de la llegada de su hermana, de cómo completaría esta familia que imaginamos. Y también que él siempre será el rey de la casa. Ahora, aunque ha llegado una reina, trabajaré cada día para que puedan compartir trono.

El padre va a buscar el coche. Esta vez no ha traído el carro. Es todo mucho más rápido si llevo a la niña en los brazos y la amarro en su silla directamente. No hay necesidad de estar abriendo el maletero, que con eso se pierde tiempo. Vale que solo son unos segundos, pero el tiempo es oro y hay que ser operativos y eficaces. Hace un poco de viento y las dos esperamos resguardadas pacientemente hasta que lo veo aparecer a lo lejos. No hace falta verbalizarlo porque ambos sabemos que nos morimos de ganas de llegar a casa y poder presentársela a su hermano. Con él estarán sus primos porque es su tía quien se ha encargado de cuidarlo y llevarlo al colegio durante estos días. Máxima expectación.

Entramos desde el garaje y los nervios están a flor de piel. Me siento tan tonta e ilusionada. La prioridad es que los cambios no se noten demasiado, algo que sabemos de antemano será imposible. Ella necesita ahora mucha atención pero él va a pedir cariño a raudales, querrá sentir que sus padres siempre lo serán y que estarán a su lado en todo momento. En eso nada puede cambiar. Siento una presión enorme porque así sea y tengo que lograrlo.

Al abrir la puerta todos se tiran encima de la niña. “¿Tienen las manos limpias?”, pregunto obsesionada, siempre con la misma cantinela. Tanto, que hasta me miran con cierto reproche. Cuando llevan unos segundos deleitándose con la nueva incorporación de la familia cojo a mi hijo, lo separo del grupo, y le doy el abrazo más sincero que puedo. “Te he echado de menos”, le confieso con todo el amor que unas palabras y un achuchón pueden expresar. “Y yo a ti”, me responde rápido y sin pensar. Vuelve corriendo a mirar a su hermana. ¡Ha pasado de mí! Me gusta. Es espontáneo a rabiar.

Mejor guardar las distancias

Después de ese momento de entrada triunfal en casa ya no le hace demasiado caso. Y pasarán días, diría que incluso semanas, hasta que esté con ella de verdad. Ni buscando la tan ansiada foto perfecta durante los siguientes días logro que la coja unos segundos mientras está sentado en el sillón. Percibo que tiene miedo, como si se la fuera a romper por tan solo acercarse a ella. Y lo entiendo, a mí me pasa también. Un bebé de días parece muy frágil y la presión de hacerlo bien la tenemos todos los que estamos junto a ella. “Es pequeña”, me dice varias veces, y siento que con esas palabras justifica su distancia y hasta ausencia. Quizás es que pase de ella, así sin más. Es cierto que nunca había estado en contacto, que fuera consciente él, con ningún bebé recién nacido. Creo que se esperaba que saliera dispuesta a darle patadas a un balón o hablando de su juguete preferido. Pero no, su hermana solo duerme y come.

Ahora que son un poco más grandes, que ella es capaz de exigir sin todavía hablar el mando de la tele para poner sus dibujos preferidos y que arrasa cual apisonadora con todo lo que se encuentra por el camino, tienen una conexión mucho mayor. Ella lo observa con una admiración con la que no mira a nadie más. Su cara rezuma felicidad en cuanto lo ve aparecer. Y él, que no es demasiado cariñoso y es capaz de decirte a la cara sin inmutarse que no le gustan los besos, le demuestra su afecto cuidándola en todo momento y sufriendo muchísimo cada vez que llora. Lo de prestar los juguetes hay que seguir trabajándolo.

Son muy diferentes. Eso lo tengo claro. Pero también sé que se adoran. Hay momentos de saturación que con un poco de calma (cuando se consigue) se pueden afrontar sin que el asunto en cuestión pase a mayores. Al final, como en cualquier tipo de relación, lo más importante es que haya respeto y en eso trabajamos cada día. Toca cuidar a todo el equipo para que, más allá de las peleas típicas de hermanos, siempre sean empáticos entre sí y también con el resto. Estoy segura de que todo irá bien. De hecho, cuando su primera sonrisa antes de cumplir un mes se la dedicó a él supe con seguridad que todo marcharía bien y que formarían una pareja perfecta.

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