La lactancia materna duele

Dar el pecho no es tan bonito como lo pintan

Estoy tirada en el sillón, prácticamente desnuda, con las tetas al aire y agotada. Siento mucho calor. Me sube desde la boca del estómago hasta casi el cuello. El pecho está hinchado, como nunca lo había notado. Está duro. Me arde por dentro. Me gustaría arrancármelos. Sí, los pezones ahora me sobran, no soporto el dolor. La última vez que me separé del niño, me sangraban. Las grietas se abren cada vez que se engancha. La lactancia materna duele. Es insoportable. Imaginando una familia perfecta jamás pensé que algo así podría pasarme. Pero aquí sigo, intentándolo por mi bebé.

De nada sirve morder la sábana o gritar con la cabeza hundida en un cojín. El dolor no remite. “Otras madres pueden, todas las madres pueden, tienes que poder…”, repito una y otra vez como un mantra. Nada, no sirve de nada. Duele y no puedo evitarlo, no sé como hacerlo. Solo alcanzo a llorar.

Se acaba de despertar. “¡No! No puede ser. Otra vez no”, pienso. Y me siento fatal por el malhunor que me entra cuando descubro que quiere comer de nuevo. Él llora de hambre y yo lloro por tener que darle de comer. Y así será siempre, porque no logro que el pecho mejore. Y debe ser culpa mía, que no he sabido hacerlo, porque el resto sí puede. Todas pueden y yo no.

No se engancha. No hay forma. Tira, aprieta. Se suelta y se vuelve a agarrar, pero no succiona. Se separa y llora. Vuelta a empezar y con el mismo resultado. Después de muchos intentos, cada vez estamos más nerviosos los dos. Al final, resignada, y sintiéndome la peor madre del mundo, pido un biberón. Ni siquiera puedo dárselo yo porque no soporto ni apoyar su cuerpo sobre mí. Estamos sufriendo los dos. Y será lo más sano para mi hijo pero tener una madre desequilibrada por el dolor tampoco puede ser muy recomendable.

Todos me dicen que lo deje ya, que al menos han sido unos meses de lactancia materna, que no puedo hacer más, que ya lo he intentado todo. Pero es que nunca ha habido mejoría. Ha sido igual de horrible desde el principio. Siento el deseo de parar, pero me cuesta tomar la decisión. Al final, con el paso de los días, me rindo. Y lo siento como una tristeza enorme, como una gran decepción por no haber sabido llegar, por no poder ser lo mejor para él, por no estar a la altura.

Dos semanas después, cuando ya la fiebre del pecho ha cesado, cogerlo en brazos deja de ser un suplicio. Con el biberón en la mano, tragando de forma cómoda y sin esfuerzo, nos miramos a los ojos. “¡Qué tranquilidad!”, pienso. Se puede ser una buena madre dando el máximo cariño posible. No todo está en mi mano y lo que puedo controlar, muchas veces se me escapa, como ha ocurrido con la lactancia.

Sí, las otras madres que veo en el parque con la teta al aire me dan envidia. No puedo evitarlo. Ellas han podido lo que yo no he conseguido. Sé que muchas me juzgan pero también habrá alguna que se haya sentido como yo. O no, y ya me da igual. Luego tu bebé te sonríe, tú le devuelves el gesto con una mirada cómplice y poco a poco todo se normaliza. Lo he hecho lo mejor que he podido y he sabido.

La opción más sana

Que nadie se rasgue las vestiduras. No seré yo quien diga que la lactancia materna no es la mejor opción para alimentar a tu bebé durante sus primeros meses de vida. Y cuanto más tiempo, mejor. Es la mejor manera de aportarles todos los nutrientes que necesitan para poder desarrollarse. Es algo natural y para lo que estamos biológicamente preparadas como madres simplemente por el hecho de ser mamíferos. Pero tenlo claro: dar el pecho duele. Si tú no has sufrido mientras dabas la teta te felicito por tu suerte.

Se supone que prácticamente todas las mujeres pueden amamantar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la lactancia materna de forma exclusiva durante los seis primeros meses de vida del bebé. Y si es sano está claro que también es lo más barato y diría que hasta lo más cómodo: sacarse la teta en cualquier lado y darle de comer sin cargar biberones, botes con las dosis de la leche de fórmula o agua caliente en un termo para mí es una ventaja sin duda.

Como tanto la OMS como Unicef abogan porque la lactancia materna se prolongue al menos durante los seis primeros meses también recomiendan que se inicie en la primera hora de vida, nada más nacer y es por eso que en el mismo paritorio te colocan al bebé en la posición adecuada para que alcance el pezón de forma instintiva y comience a succionar.

También favorece que el lactante solo reciba leche materna, sin ningún otro alimento ni bebida, ni siquiera agua. Esto cuesta horrores hacérselo entender a las abuelas, que insisten en que nada malo puede suponer darle agua, una infusión o un biberón porque “está claro que el niño se te queda con hambre”. Los profesionales que te ayudan dejan bien claro que tus pechos producen el alimento necesario para que el bebé se sacie y eso es algo que vas aprendiendo conforme pasan los días y ves como cada vez el caudal de leche aumenta. O al menos así debería ser.

Se supone que esas primeras semanas son de adaptación. Tu bebé se está haciendo al pecho y este está ‘aprendiendo’ la cantidad de leche que debe producir. Que las tomas se hagan a demanda, otra de las recomendaciones, favorece ese alimento en exclusiva. Se trata de que el bebé coma con la frecuencia que desee. Y eso, quieras o no, puede suponer horas de descanso entre tomas pero también que el bebé esté enganchado al pecho tanto tiempo como quiera. Si evitas el uso de chupas o biberones se supone que se enganchará mejor.

En la teoría todo es maravilloso y hasta parece fácil. En el hospital todo es perfecto, con los consejos que te dan las enfermeras que te cuidan o las que velan porque tu bebé esté en las mejores condiciones. Al llegar a casa, como ocurre con los grupos de lactancia, la cosa cambia si es que no has tenido problemas desde el minuto uno como me ocurrió a mí.

Ninguna mujer es igual

Una vez clara esta parte es cierto que dar el pecho a tu bebé duele. Entiendo que igual que existen partos en los que las madres aseguran no haber sentido dolor, puede haber excepciones y que lo de la lactancia materna sea un camino de rosas desde el minuto uno en el que te ponen a la criatura sobre tu regazo y te busca mágica e instintivamente tu pezón para alimentarse. En mi caso, y en el de la inmensa mayoría de madres que conozco, dar la teta no ha sido fácil. Mis hijos han pasado unos pocos meses con lactancia materna exclusiva y ahí están, sin enfermarse más de la cuenta y creciendo conforme a lo que se supone deben crecer.

En los grupos de lactancia a los que acudí me repitieron muchas veces que algo debía estar haciendo mal y está claro que así era. Te dan consejos, te intentan ayudar, haces prácticas en el sitio junto a tú bebé y parece que todo va a empezar a ir bien. Sin embargo, al salir de allí, poco o nada de lo que te han dicho funciona. Y te desmoronas. Sin más.

A esos grupos lo normal es que acudan madres que tienen algún tipo de problema para dar el pecho. Siempre dejan claro que lo importante es la salud del bebé y que tiene que alimentarse, ya sea con la leche que tú puedes proporcionarle o con la de fórmula. Tampoco te dicen claramente lo que opinan sobre la leche de farmacia pero si lees entre líneas puedes llegar a asustarte por lo poco que la recomiendan. Te sientes mala madre por no llegar y tener que dársela. Yo busqué la marca más cara, por eso de sentirme mejor. Ahora sé que fue por el complejo de pensar que no estaba dando el cien por cien.

Para cuando deje de compensar

Aunque con ninguno de mis dos hijos me fue bien y con mucho dolor aguanté tan solo unos meses con lactancia materna exclusiva, si tuviera un tercero volvería a intentarlo de nuevo y sin dudarlo. Consciente de que es lo mejor para ellos, al final haces todo el esfuerzo posible porque compensa saber que estás haciendo las cosas bien, o al menos intentándolo, y que lo haces en beneficio de tus hijos.

El problema es cuando deja de compensar. El límite está donde tú lo quieras poner. Antes de ser madre, sobre todo durante el embarazo, me imaginaba en un parque, sacándome la teta sin importar nada ni sentir vergüenza, un momento idílico, cargado de magia, donde yo y mi bebé conectaríamos de forma especial. Pero ya lo hemos hablado por aquí algunas veces y nada resulta al final como lo habías imaginado. La realidad en nada se parece con las expectativas que me creé. Descubrí, sin embargo, que la mejor mirada es la que disfruté cuando observé por primera vez a mi hijo bebiendo de su biberón, dado por mí. Estoy convencida de que él también se relajó y empezó a disfrutar de mí desde ese mismo momento. Y lo mismo me ocurrió con mi segunda hija. Aguanté lo que pude y quizás suene a debilidad pero así sucedió y no me arrepiento. El biberón también puede convertirse en un momento perfecto entre ambos.

Aunque me costó asumirlo ahora sé que la decisión de paralizar la producción de leche fue acertada y quizás debería haberlo hecho antes. Es difícil asimilar que odias el momento en el que tu bebé de tres semanas se despierta de una de sus siestas porque quiere comer y tu pezón todavía sigue sangrando de la toma anterior. Es sin duda uno de los peores momentos que recuerdo de los primeros meses de vida de mis hijos y hasta deseé más de una vez volver a parir en lugar de tener que sacar la teta de nuevo.

No pude y no supe disfrutarlo y dejó de compensar. Antes caminé por la casa desnuda, con el pecho al aire, para que esas heridas mejoraran; me eché todas las cremas posibles para que las grietas cicatrizaran y hasta seguí los consejos centrados en remedios naturales como el aceite de oliva o las hojas de coliflor; también pasé por dos mastitis, una con cada hijo, que complicaron todavía más mi producción de leche y que solo se traducían en más dolor. Todo apuntaba bien en un principio. Nada en mí o en mis pechos hacía presagiar que no fuera a salir bien lo de la lactancia materna pero no fui capaz de hacerlo. A mí no me funcionó , por mucho que desees disfrutar de ese momento, a veces duele tanto, que lo que deseas es llorar mientras come deseando que acabe.

En cualquier caso, ten claro que no serás mejor ni peor madre por optar por dar el pecho de forma exclusiva, por intercalar biberones entre las tomas o por decantarte por la leche de fórmula como la mejor opción para tu bebé. Al fin y al cabo, si tú estás bien, él también lo estará porque le contagiarás con tu energía. Pon las cartas sobre la mesa y valora si te compensa tras tener claro que la lactancia materna duele.

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