Ser una buena madre

No. No soy perfecta. Y mucho menos una madre perfecta. No creo que nadie lo sea. Lo he aprendido con el paso de los años aunque reconozco que me ha costado llegar a interiorizarlo. Imaginando una familia sabía que nunca lo sería. Me conozco bastante bien como para tenerlo claro. El truco está en trabajar cada día como si creyeras que lo eres. Al principio me esforzaba muchísimo pero ahora ya he logrado quitarme esa presión de encima. ¿Cómo? Dejándome llevar por el caos.

Esta frase no es mía. Es del padre de las criaturas. Él es otro que trabaja cada día aparentando tenerlo todo controlado pero cediendo ante la infinidad de imprevistos que surgen. Hay que hacer equipo en todo y en lo de sobrevivir con los hijos y también junto a ellos no iba a ser menos. Todos los días, aunque afortunadamente no siempre, se presentan situaciones que te llevan al límite. Igual que no puedes estar gritando a cada momento tampoco podrás estar sonriendo cada día por lo feliz que eres. Eso no es real. Lo mejor es dejarse llevar por el caos, abrazarlo incluso. Al final todo pasa, lo bueno y lo malo.

Veamos. Por el principio. Si imaginando una familia me planteo si soy o no perfecta para tener hijos es probable que no lo sea, y eso va desde tener sobrepeso a disfrutar de una vida sedentaria. También pasa por trabajar doce horas al día o por no ser capaz de pararme un segundo a pensar dónde he dejado el mando de la tele que se me ha vuelto a perder por tercera vez en la misma tarde. Voy fatal. Estoy suspendida antes de empezar.

Continúo, pero confieso que no quiero hacerme sangre que luego no duermo bien. No seré una madre perfecta pero ahí están mis hijos, sobreviven y hasta sonríen a menudo. ¿Serán felices? Espero que sí. Sigamos, que me lío. No caminé todo lo que me exigieron durante el embarazo. Tuve la tensión por las nubes y comí todo lo que me apetecía y más. Sabía que utilizaría la epidural mucho antes de que llegara el momento del parto. Y la volvería a pedir sin dudarlo. ¡Qué invento, por favor!

Cuando nacieron no aguanté dando la teta. ¡Duele, eh! Que de la lactancia materna ya hemos hablado aquí. Es que lo pienso y me pongo mala. También los puse a dormir solos en su habitación desde los primeros meses. Si no les daba el pecho no tenían porque aguantar ronquidos innecesarios. Porque sí, en esta casa se ronca. Y mucho. No señalaré yo al culpable de esos ronquidos.

Los momentos que se necesitan de desconexión hay que tenerlos justo por eso, porque se necesitan. Soy muy feliz estando con ellos pero también lo soy teniendo un poco de tiempo para mí sola o para estar con el padre cenando tranquilos, dando un paseo o simplemente charlando. Echo de menos ir al cine a ver una película cuando me apetece sin que su protagonista sea alguien de la factoría Disney. Es lo que hay y no lo puedo negar.

Y aquí, ante todos, confieso siendo totalmente sincera, que me he hecho la dormida muchas veces para que sea el padre quien se levante a ponerles la chupa. ¡Que se aguante, que nadie lo manda a roncar de esa manera!

Cuando han ido creciendo, prometo que hemos intentado lo de cero pantallas. Pero, no nos engañemos en esto. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Cogen la tablet y hasta los entretengo con el móvil si tienen un mal día para comerse el potaje. Y sí, hay días que no son solo unos minutos los que están enganchados a las nuevas tecnologías. ¿Quién tiene un reloj con temporizador para alertar de que ya es suficiente y deben parar? No se me ocurre, la verdad. ¿Se nota la ironía? Sí, es demasiado evidente. Pero es que estos meses en casa están siendo muy duros. No soy la única, ¿verdad? Cualquiera no pierde la paciencia con facilidad en estos tiempos que corren.

No siempre van conjuntados (viva el uniforme del colegio y no tener que pensar cada día qué ropa van a llevar). Hablo de ponerles una camiseta de rayas con un pantalón de lunares. Suena trivial, pero si la ropa es un problema, imagínate cómo van peinados. Pero, si no atino a peinarme bien yo, ¿cómo lo voy a hacer con ellos? También les dejo llorar algunas veces, pero confieso que es porque sé cuál es el motivo de su llanto y soy consciente de que sus lágrimas no se deben a nada grave. Lo del apego lo intento seguir a rajatabla, que no todo es horrible en mi método de crianza (¡qué ilusa pensar que sigo un método!).

Cuando en el cole toca día de fruta muchas veces se lleva una magdalena. No es porque no les guste la fruta. La vida es más simple que eso. Me he olvidado de ir a comprar. Así de simple. También se ha quedado en casa más de un día la botella de agua. Hay que estar en todo. Y no siempre llego.

Algo debo hacer bien como madre

Pero, ¿saben qué? Les cuento algo que me pasó hace dos días exactos y que no es postureo (aunque reconozco que se me enciende lo que me parece una bombilla en el corazón con solo recordarlo). Mi hijo mayor, sin venir a cuento, me dijo: “Das los mejores abrazos del mundo”. Él no es muy cariñoso y hay momentos incluso en los que hay que robarle los besos que necesito porque, aunque empático como el que más, le cuesta demostrar afecto (y yo, aunque respeto su espacio, digo que los necesito porque soy muy besucona). Sus palabras las recibí como una demostración de que algo debo estar haciendo bien. Tienen una madre que es un tanto dramática, que suele ver el vaso medio vacío y que se ahoga incluso en uno de chupito. Pero también es que intento que sepan cada día cuánto los quiero, parando en seco todo lo que están haciendo para que me miren a los ojos cuando se los digo. Y se los transmito con la boca muy grande porque me siento muy orgullosa de ambos. Me demuestran a diario, cada uno con su manera de ser, cuáles son sus valores y sé que en algo debo estar acertando en eso de ser una buena madre.

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