Los cambios de la nueva normalidad a los que nos obliga el coronavirus

Estos días no dejo de pensar en cómo será la vuelta a clase cuando recuperemos la tan ansiada nueva normalidad. Objetivamente, de aquí a que llegue el mes de septiembre, momento en el que se supone que mi hijo de cinco años va a recuperar esa rutina, todo puede ser muy diferente a las alternativas que ahora se están poniendo sobre la mesa para la vuelta a las aulas tras el paso del coronavirus. ¿Qué ocurrirá finalmente? Y, sobre todo, ¿cuáles serán las consecuencias de lo que ocurra?

Yo soy muy de adelantarme a las cosas. Sufro por todo antes de que pase y así ha sido desde que empecé imaginando una familia. Todo el que me conoce un poco lo sabe. Trabajo para relativizar todo lo que ocurre en el día a día pero no siempre lo consigo. Como yo lo veo, y por todo lo que he leído sin ser ni de lejos una experta en la materia, las alternativas pasan por encontrar una vacuna contra el coronavirus. Cualquier escenario que se plantee pasa por ahí.

Las opciones, de cara al próximo curso, se plantean como meras ideas pero cada día cobran más fuerza muchas de ellas. Al llegar al colegio, con toda seguridad, se quedarán por fuera la mayoría de padres guardando la distancia entre sí. Se acabaron las aglomeraciones que se dan a la entrada o a la salida. Se plantea que los alumnos lleguen hasta la clase de la forma más autónoma posible, incluso por turnos, y que por tanto la comunicación entre el profesorado y las familias sea vía telemática o por teléfono. Se acabó eso de hacer corrillos para presumir de hijo y también las pequeñas conversaciones para criticar cuánta tarea se manda.

Entrarán en las aulas con el menor número de cosas posibles y con el compromiso de llegar con la temperatura controlada desde casa. La opción de no cargar mochila se ha convertido en una posibilidad bastante real. Al menos ese peso se lo quitan de encima, literalmente. Lavarse las manos de forma continúa o echarse gel hidroalcohólico empezará a formar parte de su rutina. En la nueva normalidad también se controlará que las visitas al baño se hagan de forma individual.

Conscientes de que la denominada distancia social (para mí es mejor usar “distancia física”) seguirá presente en nuestras vidas durante los próximos meses -al menos hasta que la vacuna haga aparición- lo que sí parece estar claro es que el número máximo de alumnos por aula será de quince. No ha quedado claro si se alternará por turnos la asistencia al colegio, repartidos en mañana y tarde, pero sí parece que se potenciará, casi de forma obligatoria, la formación online. La falta de espacio y también de profesores lastran cualquier decisión que se tome.

A esta realidad es a la que tendremos que enfrentarnos, o al menos sobre ellas se basarán al tomar decisiones las autoridades competentes. Todo lo que se acuerde se hará siguiendo un único objetivo: evitar contagios. No hay nada que reclamar y habrá que seguir a rajatabla todo lo que se imponga porque se hará por el bien general, por la salud de todos. Estemos o no de acuerdo.

Teniendo eso claro, no puedo evitar pensar en todo lo que se va a perder por el camino. Aunque se aconseja que la mayor parte de las actividades se realicen al aire libre, ya que se supone que todos los virus se propagan mejor en espacios cerrados, uno de los cambios más duros se verá en el patio. El recreo, en principio, se hará por turnos y durará menos, al menos por una cuestión logística. Los alumnos jugarán con sus compañeros de clase, evitando que se mezclen con los de otras aulas, y acotando la cantidad de estudiantes que tendrían que aislarse en caso de contagio.

Ese juego en grupos ya reducidos, sin embargo, nada se parecerá a la realidad que conocemos: tendrán que mantener la distancia entre sí y eso es algo que no sé cómo van a lograrlo. Cuanto más avanzado sea el curso, cuanto más edad tengan los estudiantes, mejor podrán comprender lo que ocurre y cuáles son las recomendaciones. En la etapa de Infantil o los primeros años de Primaria la cosa se complicará sin dudas. ¿Se acabó el contacto entre ellos? ¿Cómo les afectará no poder ‘tocar’ a ningún compañero? ¡Pero si lo de compartir hasta los mocos está a la orden del día! Y en el comedor, ¿cómo será esa nueva normalidad? Todo apunta a que comerán por turnos, en el salón de actos e incluso en la misma clase. De nuevo, separados.

Una nueva realidad cargada de incertidumbre

Con todo, y recordando lo que decía al principio de que soy muy de adelantarme a las cosas, lo peor es la incertidumbre. Lo que se plantee hoy nada tendrá que ver con lo que al final se haga. Hace aproximadamente cuatro meses, los mismos que quedan para retomar las clases, ni por asomo imaginábamos cómo sería nuestra vida. Ahora, poco a poco, estamos volviendo a esa ansiada normalidad. Lo hacemos cargando la mascarilla a cualquier sitio al que vamos, pero nadie, ni expertos en la materia ni los que no tenemos ni idea de virus o vacunas, presagiaba que tendríamos que estar más dos meses encerrados en casa. Hace demasiado tiempo que muchos niños sin primos o hermanos no se relacionan con otros niños. Volver a encontrarse con sus iguales es vital para su desarrollo.

Lo que me tranquiliza es pensar en la lección tan inmensa que los más pequeños de la casa nos han dado a todos durante estos días. Si para los adultos ha sido duro para ellos también, y sin entender nada de lo que ocurre. Han ido superando el día a día con mucha entereza. Sí, puede que estas semanas se haya abusado de la tele o de la tablet más de la cuenta; que lo de hacer la tarea haya llevado a grandes y a chicos por el camino de la amargura; que lo de no poder disfrutar del sol desde una casa sin patio, balcón o terraza haya sido insufrible; pero, como auténticos superhéroes, han sabido adaptarse mejor que la mayoría de los adultos a los cambios que hemos sufrido. Deseo firmemente que sigan así ante todos los cambios de la nueva normalidad a los que nos obliga el coronavirus.

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