Dentro o fuera del baño pero siempre imaginando una familia juntos

Sentada en el baño y sin saber qué hacer. Lo mismo me pongo a buscar un juego en el móvil, de esos que aburren cuando solo han pasado unos minutos desde que te los has descargado. Con algo tengo que entretenerme. Estoy cansada de redes sociales, de las noticias, del virus y hasta de pasar un meme tras otro sin sentido. Pero es que salir fuera supondría enfrentarse a los mismos berrinches que llevo escuchando todo el día, toda la semana y todo el mes. No paran. ¿No se cansan? Ni un minuto de silencio. Esto no es lo que yo pensaba que pasaría imaginando una familia.

Antes de cerrar la puerta y sentarme en la taza -con el pantalón puesto, que en esta casa al baño se viene también a desconectar de lo que está pasando en el salón- me quejé al padre de lo mal que me siento, de lo cansada que estoy, de que mi cabeza está saturada pero también agotada físicamente. Y parece que ya se ha dado cuenta del asunto. Al menos ya ni me molesta, ni se preocupa porque lleve tres cuartos de hora encerrada. Sabe que es mi momento, el único en el que puedo disfrutar de un poco de tranquilidad en todo día. Tengo que esperar hasta bien entrada la tarde, cuando él llega de su trabajo, para poder desconectar tan solo un instante. Eso, o que ya está aburrido de escuchar la misma cantinela que le suelto todos los días.

Pero, ¿sabes qué? Ya me da igual. Seguro que él hace lo mismo en cuanto tiene ocasión. No seré yo la única que necesita apagarse unos minutos para recargar energía y volver a la carga, por muy mal visto que esté. ¿Esto era ser madre? ¿Estar en casa todo el día escuchando “mamá, ven”, “quiero agua, má”, “mami no enciende la tele”, . ¿Esto era? Quizás es porque llevo ya tres meses aquí, pero es que es imposible soportar todo el día la misma matraquilla. Taladra mi cabeza. Estoy desquiciada.

Lo peor es que no me puedo quejar. Tooooodo el mundo me lo dice. Y al final hasta yo sé que toda la humanidad va a tener razón y no tengo de qué quejarme, aunque quiero hacer un inciso para recordar que quejarse es gratis y es casi lo único que puedo hacer para desahogarme sin gastar dinero. Los míos, no es porque yo lo diga, son unos hijos buenísimos, con su carácter, con su forma de ser cada uno a su manera, pero felices. Y es por eso de la felicidad por lo que creo que no dejan de montar jaleo ni un solo momento en todo el día. Los quiero por encima de todas las cosas, hasta el punto de que su felicidad es mi tranquilidad. Y si ellos son perfectos, el padre lo es también de un modo que desespera. ¿Por qué tiene que ser tan perfecto?

Comen todo lo que se les pone en el plato (los niños y el grande) y duermen un mínimo de ocho horas seguidas (en esto el grande, pobrecito mío, si llega a la mitad ya es un logro). ¿Qué más puedo pedir? No sé yo lo que pensarán los vecinos cuando lloran porque simplemente no encuentran la galleta que les gusta. Son capaces de despertar a todo el edificio si lo creen oportuno. No se vayan a quedar ellos con la magua dentro.

Sé que son buenos, ella y él.

Y lo tengo muy claro si me lo planteo en un modo objetivo. No hablo (solo) de comer o dormir bien. Hablo de que llevo cuarenta minutos encerrada en el baño y ya el mayor le ha preguntado al padre si estoy bien al menos tres veces y esas estoy segura de que son solo las que yo he podido escuchar. Por eso me siento tan mala madre, porque ellos, padre e hijo, son empáticos a rabiar y yo solo quiero estar apartada, lejos para evitar hablarles en forma de gritos cuando de verdad pete, cuando me sature tanto que hasta a la pequeña, que todavía no habla, me mire con temor. Eso es lo peor que llevo: pensar que mis hijos puedan llegar a tenerme miedo, que no confíen en mí, que no me cuenten lo que les preocupa por sentir pánico ante su madre. Y lo llevo claro, porque hasta donde soy capaz de darme cuenta, lo de meterse en baño tras dar un portazo no es que inspire demasiada confianza.

Sinceramente no recuerdo el detonante. ¿Qué hizo que me encerrara en el baño? Si lo pienso fríamente el que dos niños lloren, sean alborotadores e incluso peleen de vez en cuando no debería ser motivo suficiente como para esconderme de esa manera. Y mucho menos huir todos los días. A veces, por simples, las cosas son complicadas. Y me doy cuenta de que soy capaz de meterme en un círculo vicioso, una situación provocada la inmensa mayoría de las veces por mi misma y que me hace daño. Yo ni soy egoísta ni tampoco orgullosa, o eso creo al menos. Sé que hablando se arreglan las cosas, muchas al menos. Quizás sea yo la agotadora.

En realidad estoy asustada. Mi cabeza va siempre a cinco mil revoluciones, pasada de frenada y saliéndome en todas las curvas con las que me encuentro, sean más o menos cerradas. El caso es derrapar, ahogarse en un vaso de agua, ya sea de tubo o en uno de chupito si hace falta. El caso es ahogarse. Siempre quise ser madre, no como única meta en la vida, no como mi principal objetivo a cumplir para sentirme realizada, pero sí tenía claro que tener un hijo completaría mi felicidad. Y lo pensaba realmente. Tanto, que me atreví a tener un segundo. Y ahora, ¿qué? Hasta aquí he llegado. Siento, lo veo venir. Estoy tocando fondo. Me hundo irremediablemente y yo solita, por no saber gestionarlo.

Necesito salir de aquí. No del baño, literalmente, que también. Quiero recuperar mi rutina. Quiero levantarme por la mañana, llevarlos al colegio y sentir que puedo ser productiva. Al recogerlos, incluso cansada, les daré la mejor de mis sonrisas porque el día habrá tenido sentido para mi yo mujer, para mi yo persona independiente. Me gusta ser madre, pero es que lo necesito. Antes yo era más normal, al menos todo lo normal que se esperaba que fuera. Disfrutaba de ser madre y lo hacía muchísimo. Era feliz al llegar a casa. Pero, ¿qué digo? Era mi único momento de felicidad del día. Entrar por la puerta y que dijeran justo eso: “¡Mamá!”. Qué cosas. Está claro que soy el problema y encima no soy parte de la solución. No encuentro la vía para serlo. Ahora no siento que sea en absoluto una buena madre

Afrontar lo que pasa fuera

Escucha. Espera. Escucha más. No llora nadie, pero ha sonado a caída, como poco, del sillón al suelo. Cómo duelen -en el corazón, muy adentro- esos segundos que parecen minutos que se alargan hasta simular horas de silencio entre que escuchas un ruido y te cercioras de que no ha pasada nada, al menos nada importante que requiera una visita a urgencias. Y sí, no me equivocaba. Ahí está. No sé la razón por la que dudaba, pensando que nada más se oiría después del golpe. Un llanto desconsolado que saca de su burbuja a cualquiera hace aparición. Y también me saca de mi ensoñación, de mi momento desconexión, de mi (supuesta) paz. Va siendo hora de salir. Y ya, hasta mañana, salvo que finja que algo me ha sentado mal, no tendré excusa para disfrutar de otra de mis escapadas al baño. Es como cuando vas al supermercado y vives esa salida como la mejor de toda la semana porque puedes estar media hora centrada en la lista de la compra, en los precios y en si la fruta estará o no madura. ¡Vaya! Ahora tengo hambre.

Me levanto de mi asiento improvisado y salgo. Recorro el pasillo. Son solo cuatro metros de pasillo, es verdad, pero parece diciéndolo así que mi casa fuera la mansión de la barbi a escala humana. Cuando llego al salón ahí siguen, sentados casi en la misma posición en la que los dejé hace tres cuartos de hora. La pequeña llora. Confirmo que ella ha sido la que se ha caído, algo que su llanto inconfundible delató. Debe haber chichón, porque el padre está sujetándola con fuerza para que no se lo toque y la pomada de siempre pueda hacerle efecto sin que se la restriegue por toda la cara. ¡Ese roll-on es el mejor invento del mundo! Bueno, y la epidural, que no sé a quién quiero engañar yo ahora.

Con cara de desaprobación por lo sucedido miro al padre. Está claro que no es su culpa, hasta ahí llego, pero de nuevo se ha caído y no puedo evitar sentirme frustrada y quiero compartirlo con él. ¿Algo más? ¿Puede alguna divinidad que me esté escuchando darme un poco de respiro? ¡Ya está bueno, que solo quiero estar tranquila! Un día de paz, solo uno. Sin sobresaltos, sin nada fuera de lo normal. Solamente un día. ¡Uno!

Conversación surrealista

-Mami, yo creo que mañana tenemos que ir al baño contigo -me dice su hermano.

En milésimas de segundo atino a recrear ese posible momento de estar todos metidos dentro del baño, que ya sabemos que de mansión mi casa, poco. A este canijo no se le escapa ni una. Le respondo con una mirada, mostrándome intrigada ante su proposición.

-Y eso, ¿por qué? -le pregunto.

-Para relajarme. Tengo muchas cosas en la cabeza -me dice.

Parece un viejito, como diría la abuela. La verdad es que me ha cogido por sorpresa. No me esperaba que me soltara, así de la nada y sin venir a cuento, que sabe perfectamente a qué voy al baño. Está claro que habla con palabras de su padre, que no sabe donde meterse por si el comentario del niño más que ayudar empeora las cosas. Su cara lo delata. Las palabras de mi hijo, sin embargo, suenan como un bálsamo. Me entiende mejor que nadie. Me entienden mejor que nadie, ambos.Papá dice que vas para relajarte -añade, así como para dar a entender que todo está controlado y es de lo más normal que su madre se meta en el baño cual persona desequilibrada para tener un momento de tranquilidad-. Yo también lo necesito.

-¿Y eso? – le interrogo a ver a cuento de qué un niño tan pequeño como él tiene que relajarse.

-No logro pasar de nivel -apunta.

-Así que no logras pasar el nivel. Pues nada. Todos al baño -le sonrío-. A mí no me relaja el baño.

-Sí. Ahora estás contenta -me replica.

-Estoy contenta porque estoy con ustedes -le digo, sincera a rabiar-. Lo que me va a relajar de verdad es pasar ese nivel. Trae el mando.

-Pero si tú no sabes -me reprocha.

-¿Cómo? ¿Me estás diciendo en serio que no se jugar? -le contesto exagerando todo lo que puedo-. Estás en mi equipo o juegas contra mí. Tú sabrás.

– Contigo, mami, contigo -concluye.

Me río. No puedo hacer otra cosa mirando esa cara dulce que tiene. Está feo que yo lo diga, pero es que además de buenos también me salen bonitos los niños. Su hermana ya no llora. Ha logrado entretenerse con los dedos de una mano de su padre que aprovecha ese momento de silencio para mirarme y acercarse unos centímetros hasta donde estoy.

-Todo saldrá bien -me dice el padre.

-Lo sé -añado casi en un susurro, quizás no del toda segura pero convencida de que si los dos lo deseamos, no puede ser de otra forma. O al menos, trabajaremos para que así sea, ya sea dentro o fuera del baño pero siempre imaginando una familia juntos.

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