Vergüenza en el parto

Si cada embarazo es diferente también lo es cada parto. Lo normal es ir mentalizada: dar a luz duele, es lo que hay. Además, cuando el momento llegue no hay posibilidad de marcha atrás. Dejar al bebé dentro de forma indefinida creo que no es posible. Y no te olvidarás cuando pase. El asunto es que compensa, porque al final pasar por ese trance y por tanto dolor merece la pena por verle la carita a tu hijo. De lo contrario, ¿por qué hay madres que repiten?

He tenido dos hijos y sin duda cada parto fue muy diferente. El primero contracciones, 24 horas de dolor, epidural y finalmente expulsivo. Con mi segunda hija rompí la bolsa en casa, no dilataba sola, me ayudaron y cuando esperaba hidratándome con mucho dolor por la epidural no dio tiempo de ponérmela y di a luz sin anestesia de ningún tipo. Y en ese segundo parto, aunque fue más rápido, tuve el mismo o más miedo incluso que con el primero. Ya sabes a lo que vas, ya sabes cómo y cuánto duele. Llegados el momento te preguntas: “¿Por qué?¨, “¡Qué necesidad tengo de esto!”. Y ahí estás, sin poder escapar.

Te da tiempo a pensar en que si el resto de madres han podido hacerlo e incluso hay algunas que vuelven a quedarse embarazadas, no será tan complicado o tan insufrible. Se supone que cuando das a luz de tu segundo hijo ya no te acuerdas del dolor que pasaste con el primero. Pues yo sí me acordaba, con cuatro años de diferencia entre uno y otro, tenía el dolor grabado a fuego. Al final puedes, claro que sí, pero no es fácil y a quien te haga pensar lo contrario, no le creas.

Cuando llega el momento del parto hay muchos y variados escenarios. Lo principal es tener claro si tu parto es programado por alguna razón, entre lo que se incluye la protección del bebé y la tuya, y si te van a hacer cesárea o no llegado el momento. También hay que tener en cuenta que cualquier parto natural en cualquier instante puede convertirse en una cesárea si hay algún problema. Lo habitual es que plantees previamente un plan de parto, que luego variará en función de cómo vaya sucediéndose todo.

Si no te han programado nada porque el desarrollo de tu embarazo y tu salud y la de tu bebé cumplen con los parámetros comunes, lo habitual es que sea un parto natural. De esta forma, existen varias opciones. Puedes tener contracciones o bien romper la bolsa de líquido anmiótico en cualquier lugar. Si ocurre esto último, tendrás que trasladarte de forma inmediata al hospital. Ahí todavía no ha empezado lo que se denomina ‘trabajo de parto’.

Pueden pasar horas hasta que empiecen las contracciones y por tanto a dilatar de forma progresiva para la salida de tu bebé. Te estarán controlando de forma continua porque sin líquido dentro el bebé solo puede aguantar un tiempo determinado que vendrá impuesto por lo que digan los especialistas que te atienden en ese momento.

Si se rompe la bolsa lo normal es que te dejen ingresada en el hospital y ya no regreses a casa hasta después de dar a luz. Tenía mis dudas sobre si reconocería, llegado el momento, la rotura de la bolsa. Pensaba que podría confundirlo al ir al baño o que podría pasarme mientras estaba en la ducha y no me diera ni cuenta. Al final, estando dormida, me desperté sobresaltada con muchas ganas de orinar, y conforme me levantaba, el líquido salía sin parar, de forma lenta, muy, muy despacio. No te confundirás, sobre todo porque cuando crees que deja de salir y te preparas para ir al hospital sigue saliendo de manera mucho más pausada. Es un líquido transparente que notarás caliente.

Si rompes la bolsa hay que esperar a que empieces a dilatar, para lo que te ayudarán incluso de forma artificial si es necesario con diferentes métodos que te explicarán de forma detenida. Si no dilatas o no te empiezan las contracciones no estarás sintiendo dolor, así que lo normal es que estés tranquila y expectante.

Cuando de forma natural o con ayuda empieces a dilatar sí que tendrás dolores y será en torno a los cuatro centímetros cuando te ofrecerán ponerte la anestesia epidural. No es el momento de hacerse la dura más de la cuenta, aunque te parezca que puedes aguantar el dolor, esto solo está empezando. Conforme más dilates, más fuertes serán las contracciones. Vamos, que el dolor que tendrás con tres centímetros de dilatación nada tiene que ver con los que sentirás cuando tengas ocho, nueve o estés empujando para ayudar a que tu bebé salga.

Si crees que es necesario o que no vas a aguantar, no dudes en pedir que te pongan la anestesia. Tardan un rato en todo el proceso, así que no te demores porque puede llegar un momento, cuando estés ya con muchos centímetros, que no te la pueden poner porque no tendrá efecto. Yo pensaba que al tener la epidural ya no sentiría, me daba miedo no poder ayudarle a nacer. Nada más lejos. Noté la presión, las ganas de empujar y hasta cuando estaba saliendo. Lo que no sientes es dolor y eso es una ventaja que merece la pena aprovechar.

La epidural también conlleva sus riesgos, claro está. Desde que seas alérgica a la anestesia hasta daños irreparables en la columna vertebral, que es donde de pinchan para administrártela. Es tu decisión optar por ponértela o no. En mi primer embarazo me funcionó a la perfección pero en el segundo se pasó el tiempo, dilaté muy rápido, y ya no llegaron a ponérmela. Odié a todo el mundo en ese momento porque deseaba dejar de sentir dolor. Si tuviera un tercer hijo yo no dudaría en pedirle de nuevo.

La parte buena es que no hay dolor pero también, al margen de los efectos secundarios que no son pocos, hay que tener en cuenta que mientras no tengas la anestesia podrás caminar, incluso con contracciones. Podrás moverte y hasta ducharte. Cuando la epidural te haga efecto ya no sentirás de cintura para abajo por lo que no podrás estar de pie.

El otro escenario posible es que empiecen las contracciones sin que se te rompa la bolsa. Hay quien siente dolor en la zona lumbar y otras que lo señalan en la parte baja del estómago. De nuevo, la sensación (e intensidad) será diferente en función de cada una. En cualquier caso, lo mejor esperar el máximo tiempo posible en casa. No es lo mismo estar en tu sillón o en tu cama cómoda, aguantando, que pasarte horas y horas en el hospital sin que dilates.

Te dicen en las clases de preparación al parto que lo ideal es acudir cuando sean muy seguidas, con escasos minutos de por medio. Yo fui cuando consideré que ya no aguantaba más. Vamos que si aguantas. Ese dolor inicial no es nada comparado con lo que queda por delante.

A mi me mandaron a casa la primera vez que fui. A las tres horas volví a ir y ya me dejaron ingresada. Comprobarán cuánto vas dilatando y cuando llegues a los mismo tres o cuatro centímetros te propondrán ponerte la epidural, si es que no has dejado claro ya con anterioridad que la deseas con todas tus fuerzas.

Si las cosas se complican para ti o para el bebé durante la dilatación puede que acaben haciéndote una cesárea, si es que no te la han programado de forma previa. Se trata de una operación por lo que lo habitual es que estés sola y tu acompañante no pueda estar contigo en el momento de recibir a tu bebé. También conlleva sus riesgos, de ahí que sea siempre la última alternativa que se escoge y la prioridad sea que el parto sea siempre natural.

Por lo general esos profesionales que están velando porque todo vaya bien te tratarán de la mejor forma posible, incluso cuando les parezca que te estás extralimitando al mostrar tu dolor. Yo me retorcía, y no todos fueron agradables, pero en ese momento no puedes hacer otra cosa que llevar tu parto de la mejor forma que puedas. Tienes que preocuparte por tu bebé y por ti, y si lo que te apetece es gritar, hazlo. Luego, cuando todo pase, te reirás y lo contarás como una anécdota. Además, lo más probable es que las personas que te ayudan a dar a luz nunca te vuelvan a ver. Qué más da.

Lo más seguro es que quien esté a tu lado sea el padre de la criatura. Tendrás ganas de que te coja la mano y luego querrás que te la suelte; pedirás que te abrace para después desear que se largue de la habitación; le hablarás mal, llorarás con él y le gritarás; puede que nada de lo que diga te anime pero que más tarde te enfades porque no te habla… Estás avalada para esa montaña rusa de sensaciones y quien te diga lo contrario es que no ha parido.

El padre de mis hijos tuvo, tras mi segundo parto, una herida entre los dedos durante días, justo donde roza su alianza. Prometo que no me di cuenta de lo que le apretaba la mano en ese momento y él tampoco se quejó. Puede que lo hiciera para evitar represalias o porque al ver mi estado se compadeciera. Está claro que ellos tampoco lo pasan bien durante el parto. Es también su hijo el que está naciendo y la impotencia se los come. Puede que estén ansiosos porque todo termine y el resultado sea el deseado, pero está claro que la peor parte nos la llevamos nosotras. De nuevo, no hay discusión posible.

Puede ser que llegado el momento de dar a luz no sientas dolor. A mi no me ocurrió y ojalá hubiera sido así, para qué engañarse. Sí que escuchas, en casos más o menos cercanos o tan solo como leyendas urbanas, que hay algunas madres que dan a luz en casa porque se pusieron de parto de repente y no llegaron al hospital o quienes no alcanzaron la puerta de paritorio y soltaron a su criatura en medio del pasillo de urgencias. Esto, sin embargo, no es la regla. Es sin duda la excepción.

Y como parir duele si lo deseas grita cuanto te apetezca, no es el momento de hacerse la valiente. Quienes van a estar en paritorio atendiéndote están más que acostumbradas a soportar esos gritos, el llanto desconsolado e incluso algún insulto que otro. Yo hice todo eso y más. Llamé mentirosos a quienes me prometieron una epidural que nunca llegó y me dio bastante igual asustar con ello a otras parturientas que estaban en paritorio. Cuando todo pasó, fui consciente y pedí disculpas, pero el dolor para mí era como la sensación de que alguien te está arrancando la vida desde dentro. Y sí, compensa, pero no es plato de buen gusto la experiencia. Y, sobre todo, no debes sentir ningún tipo de vergüenza en el parto.

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