Hasta nunca 2020

Toca decir adiós a un año para olvidar. Hasta nunca 2020. Gracias por todo lo que nos has enseñado. Hay quienes no te echarán de menos. Estos meses han pasado por nuestras vidas casi sin darnos cuenta, con más daño que alegría para muchos, y con una promesa de hacernos mejores personas que nunca ha llegado a materializarse. Desde Imaginando una familia despido este 2020 con cierta resignación, sin poner muchas expectativas en 2021. Seguiremos viviendo el día a día, lo único seguro que tenemos. Ese es mi propósito. Aunque cueste.

Y como 2020 ha dejado en nuestra memoria muchos recuerdos negativos voy a poner todo mi empeño en sacar lo mejor de estos meses. Aunque una parte ha sido mala, donde hemos perdido mucho, no todo es para olvidar. Para que luego hablen de negatividad…

Durante muchas semanas de este año nos vimos obligados a estar en casa. Ese encierro nos forzó a dejar de estar pendientes del reloj y a olvidarnos del despertador. También nos convertimos en cocineros, quizás no muy auténticos, pero si lo suficientemente buenos como para disfrutar de los desayunos, almuerzos y cenas en familia que las obligaciones nos habían quitado durante tanto tiempo. Tiramos de imaginación para entretenernos, abusando de los juegos de mesa que dormían en el trastero, y fuimos capaces de dar actividad suficiente a una niña de un año y medio y a un niño de cinco. Y ninguno se tiró por la ventana en el intento.

Hemos jugado y reído como nunca, juntos, en familia. Nos dimos cuenta de lo afortunados que somos de tener un espacio al aire libre en casa y nos pusimos al día con muchas series que teníamos en cola en nuestra lista de reproducción pero para las que antes no habíamos tenido tiempo. Hicimos de manitas un poco improvisados y leímos mucho, muchísimo, casi tanto como vagueamos. Lo de ir de la cama al sillón fue una rutina agradable, no se puede negar.

Y en modo mala madre, de este 2020 me quedo con las charlas de madrugada, cuando los más pequeños dormían. Porque la vida se paró por unos días para darnos tiempo para reencontrarnos y disfrutar de momentos que se habían quedado aletargados. La rutina del día a día y los madrugones nos impiden frenar y disfrutar ahora de esos ratitos en los que solo hacía falta estar. Y yo, los echo de menos.

Durante estos meses me ha dado tiempo a reflexionar sobre lo que podría ocurrir si los abuelos, los más expuestos a este odioso virus, ya no estuvieran. Y eso solo se traduce en lo importante que son en nuestras vidas, aunque no siempre se lo transmitamos. También lo son los amigos a los que no hemos podido ver, los viajes que no hemos podido hacer o las fiestas a las que no hemos podido ir. Con esto de vivir el día a día me cuesta pensar que no es que se haya cancelado todo, que tan solo se ha aplazado. No sé si este 2021 será muy diferente en ese sentido. Pero toca organizar, tener la ilusión de que todo lo que hemos perdido va a volver a ponerse en marcha. Si no podemos, al menos vamos a ahorrar. Es lo mejor que se me ocurre para ver el lado bueno…

De este 2020 también me quedo con el curso de experto en higiene, distancia de seguridad y uso de la mascarilla que nos hemos visto obligados a hacer. Le hemos dado otro uso a la palabra positivo, que hasta ahora solo la nombrábamos para los test de embarazo. Hemos aprendido a fijarnos en los youtubers e intagramers famosos pasando horas en las redes sociales, pero también a darnos cuenta de lo importante que es invertir en ciencia, en sanidad y en educación como única vía para salir de esta.

También ha sido importante este año la vuelta a la rutina, con una nueva normalidad que no ha dejado indiferente a nadie. Obligatoriamente debemos valorar lo que hemos perdido, cosas que quizás no vuelvan, como verlos disfrutar en un columpio con tranquilidad. Aunque sé que está ahí, y eso me tranquiliza, echo de menos ver sus sonrisas en todo momento. Ellos han sabido adaptarse a la perfección a todo lo que está pasando, algo de lo que los mayores debemos aprender. Si ellos no se quejan, ¿por qué lo hacemos tanto nosotros? Deberíamos haber salido reforzados de todo esto. ¿Por qué nos cuesta tanto?

No me imagino lo difícil que tiene que ser la adolescencia con distanciamiento social. O pasar nuestro primer año de universidad estudiando a distancia, sin fiestas ni independencia. ¿Y lo de ligar en época de pandemia mundial? ¿Cancelar una boda? Problemas del primer mundo. No son cosas triviales, porque a cada uno le duele lo suyo y eso es indiscutible, pero si algo hemos aprendido este año es que todo ha de verse con cierta perspectiva. Y siempre, pero siempre, siempre, se puede estar peor. También mejor, claro. Pero ahora no toca centrarse en eso.

Hoy 31 de diciembre toca tomarse las uvas (o las mini galletas, según la edad que se tenga en esta casa). No estaremos todos, habrán sillas vacías, más de las que podemos asumir. Pero debemos pensar que mañana saldrá el sol. Eso, de momento, nadie nos lo puede quitar. Hasta nunca 2020.

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