Yo soy más de abrazar

A mí, que me encanta lo de ir a la RAE siempre que puedo, me parece un poco sencilla la definición que hacen de la palabra abrazar: “Estrechar entre los brazos en señal de cariño“. De forma estricta seguro que con eso vale (solo es una de las muchas acepciones que tiene). Sin embargo, creo que así de simple pierde un poco de fuerza lo que considero uno de los actos de cariño más vitales que existen. Al menos el más reconfortante a corto plazo. En imaginando una familia abrazamos siempre.

Qué bueno es un abrazo cuando se necesita de verdad, cuando piensas que vas a echarte a llorar y alguien te rodea entre sus brazos para que no caigas. O, mejor, cuando alguien a quien quieres te da un abrazo y entonces caes y rompes a llorar. Qué más da lo que diga el mundo. Ellos no sienten lo que nosotros sentimos.

Y aquí va una contradicción, que ya lo asumo yo antes de que nadie me lo recrimine con ojos expertos. Hace mucho tiempo que aprendí que los abrazos no se regalan, que no se deben dar a la ligera porque significan un mundo para mí. Y aunque creo firmemente que esos abrazos no se deben regalar aquí en casa los intento dar cada día. Confieso que es más por egoísmo, por sentirme reconfortada yo, que por el hecho de que otra persona lo reciba. Así de egoísta soy (ojo, que me encanta dar abrazos y soy toda una experta). Tiene su explicación: yo soy una lapa y ellos han salido despegados a más no poder. ¿Será culpa mía, por pesada? En realidad, me da igual. Yo le doy todos los abrazos que quiero, que de momento no se quejan más allá de poner los ojos en blanco. Creo que es una de las mejores formas que tengo a mi alcance de demostrarles a los míos cuánto los quiero, cuánto me importan y lo importante que son para mí.

Esa sensación física de sentirse apoyada me da vida y por eso intento siempre estar ahí para dar ese abrazo (necesario o no) en según qué momentos. Aunque suene un poco trascendental, un abrazo me ha salvado en alguna ocasión de cometer errores que aunque puede que no lleguen a ser imperdonables, sí hubieran tenido (malas) consecuencias. Porque en ese instante que dura te da tiempo de respirar, de pensar, de frenar… Y si la persona que está contigo te conoce y sabe qué tecla tocar la sensación de tranquilidad (mi felicidad) es indescriptible. Todos necesitamos un abrazo y si crees que tú no, acepta uno. O, mejor, da tú un abrazo. Y no hace falta estar triste para recibirlo/darlo. Sin que exista un motivo real, más allá de demostrar tu cariño por alguien, es magia. Magia de esa que sale de dentro sin importar nada más. Porque el objetivo es que la otra persona se siente, como poco, mejor. Y eso no es regalar un abrazo. Es amor y empatía.

Me gustan más los abrazos que los besos, esa es la realidad. De siempre. ¿Y a ti? Piensa en una persona que quieres. O en alguien a quien aprecias mucho y que hace tiempo que no ves (de eso seguro que todos tenemos en estos momentos muchas en mente). ¿Qué le darías? ¿Un beso? ¿Un abrazo? Quizás no haya que elegir pero, ante la duda, yo soy más de abrazar.

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